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Desarrollo de la Independencia


Desde el momento de su nacimiento, el niño posee una fuerza natural, vital y activa que lo guía hacia su evolución. Presenta tendencias que apuntan clara y energéticamente al desarrollo progresivo de la independencia. Esta fuerza vital de evolución estimula al niño hacia diversos actos y cuando ha crecido, dice María Montessori, sin hallar obstáculos en su actividad, se manifiesta lo que denominamos “alegría de vivir”.

El niño se desarrolla naturalmente conquistando sucesivos grados de independencia en los campos físico, emocional y psicológico. En el campo físico, al nacer se produce la primer conquista de independencia cuando el niño se libera del seno materno y asimismo de las funciones de la madre. A los seis meses comienza a sentarse y aparecen sus primeros dientes, permitiéndole independizarse de la leche materna. Alrededor de este período empieza a pronunciar las primeras sílabas dando un paso hacia otra gran conquista de la independencia: el lenguaje. La conquista del lenguaje le permite expresarse por sí mismo y ya no debe depender de que otros adivinen sus necesidades. Tiempo después viene la 'conquista del caminar’. Ahora el niño está seguro de que sus piernas lo llevarán donde quiere. Y por grados, el hombre se desarrolla y se hace libre. (…) “Es la naturaleza quien ofrece al niño la oportunidad de crecer, le da independencia y lo guía hacia la libertad.”


Ahora bien, todas estas conquistas que pueden observarse con cierta ‘facilidad’ en el área física se van dando en conjunto con las conquistas en los campos psíquico y emocional. El recién nacido está dotado del estímulo de absorber el ambiente, absorbiéndolo va formando su propio cuerpo psíquico. A medida que el niño interactúa con el ambiente, ambiente en el que también se encuentra el adulto, el niño va desarrollando su ego. El ambiente ejerce una atracción sobre el niño y éste siente amor por él, siente el impulso de conquistarlo. Los primeros órganos que se forman son los órganos sensoriales, a través de los cuales el ser humano percibe y comienza a hacer distinciones. Primero absorbe el mundo y luego lo analiza.



El hombre tiene como todos los seres vivos la tendencia natural a desarrollarse y a evolucionar. Ha sido dotado naturalmente de órganos y capacidades que le permiten experimentar con el medio ambiente, de manera tal que con la práctica pueda adquirir lo necesario para desarrollar su potencial y distinguir sus propias habilidades y limitaciones para vivir libremente.



El adulto, como parte del ambiente, debe adaptarse a las necesidades del niño con objeto de que no sea un obstáculo para éste y que no sustituya al mismo en las diversas actividades a desarrollar por el niño antes de llegar a su madurez. Para ello, el adulto debe dejar de lado las necesidades propias y observar. Debe conocer qué está necesitando ese niño.


Cualquier ayuda innecesaria provocaría una obstrucción que podría generar desviaciones respecto de lo que la naturaleza dicta para el desarrollo del hombre. Si hubiera, por ejemplo, sobreprotección del adulto hacia el niño, no permitiría a éste tomar riesgos y formar sus opiniones, o podría creer que es incapaz o que el mundo es muy peligroso para intentarlo. (…)“Éste es el deber más urgente de la educación, y en este sentido, liberar es conocer; se trata pues, de descubrir lo desconocido.”



Bibliografía

Montessori, Maria (2014). La mente absorbente del niño. Amsterdam: Montessori-Pierson publishing company. P.77

Montessori, Maria (2014). La mente absorbente del niño. Amsterdam: Montessori-Pierson publishing company. P.79

Montessori, Maria (2015). El niño. El secreto de la infancia. Amsterdam: Montessori-Pierson publishing company. P. 119


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